Los árboles (pequeños y olvidados) formar fila junto a los jardines estrechos a lo largo del lugar. En un extremo existen bares, restaurantes, heladerías y hasta una iglesia en la esquina. Las mesas y sillas de estos lugares albergan - en su mayoría - a turistas. Es un recorrido largo (al estilo de un malecón), el cual separa los comercios de la planta de tránsito libre y desordenado de las personas, por balcones estilo clásico. Vendedores de cigarros, “bricheros”, lustrines, “ladronzuelos obligados”, artesanos y “vagos” ocupan el largo balcón. En la parte baja esta una muestra a “escala” de lo que sería un anfiteatro.
Un pequeñísimo coliseo al aire libre, donde los payasos, malabaristas, artistas, contorsionistas, cantantes, cómicos y karatekas intentan ganarse la vida con un público de mucha sonrisa y pocas monedas, es el lugar preferido de los asistentes. Nadie quiere perderse el show, lamentablemente, los asientos son limitados (y en ocasiones reservados). Si llegas tarde, confórmate con mirar parado. Más allá, alguno que otro pastor de iglesia o “artista improvisado” trata de hacer bulla con un micro o un megáfono (en el peor de los casos). La mezcla de ruidos y sonidos da la sensación de una emisora sin señal.
Una chica me dice que me lee la mano por – tan sólo – cinco soles. Tiene “dreps” rubios (esas trenzas largas y duras), ropa de “hippie”, la piel algo maltratada y unas cartas en la mano derecha. Aun así, no deja de ser simpática y de voz agradable. Con tono amable le digo que no y sigo caminando. Ella me mira y se sienta al lado de un descendiente de “Pachacutec” (del mismo linaje sin dudas). A unos metros esta un “trotamundos” que vende desde collares hechos con fibra de marihuana hasta anillos de acero (inmortales). “Mire nomás causita, sin compromiso, pregunte nomás”, son las palabras favoritas (y casi una ley del decálogo del “buen vendedor”) del muchacho de aspecto andino.
Un niño me dice que me lustra los zapatos a mitad de precio (cincuenta céntimos). Le digo que no tengo zapatos. “Te blanqueo tus zapatillas entonces”, insiste el pequeño con ojos de infante perdido en el mundo. Le doy cincuenta de todos modos y le digo que se compre algo de comer. Sonríe y lo veo perderse entre un hombre obeso y un centenar de niños de la misma edad (diez años). Volteo para ver si mi banca aun permanece vacía (después de mi intempestiva despedida). Una pareja de enamorado le da un mejor uso que yo. Un heladero pasa por mi lado y me ofrece su producto – literalmente – “chorreándose” por la mano. Le digo que no, talvez más tarde (o quizás nunca, al menos no ahí ni con él como vendedor).
Escucho las risas desenfrenadas del público de los cómicos. El cielo se va tornando oscuro mientras el solo va perdiendo fuerzas ante las estrellas y la luna. Son como las seis y media de la tarde. Miro una estatua de bronce de Orlando Casanova Heller (el desaparecido escritor de cuentos infantiles y en algún tiempo mi vecino de barrio). Luce solitario y apuntando al cielo. Al fondo esta el antiguo colegio “San Agustín” y el “Monasterio de los Hermanos Agustinos”. Más abajo, por las escaleras y la rampa sin fin, esta un restaurante de carnes y pescado, metros más adelante, una maloca de madera laqueada hace las veces de escenario para conferencias y eventos en el Boulevard.

La parte baja (casi al lado de la vegetación del río) alberga al “Centro Artesanal Anaconda”. Una construcción – totalmente – rústica que tiene – casi – veinte puestos de venta (todos al borde del abismo). Tatuajes, pulseras de cuero, collares de diente de otorongo, balsitas de topa, hamacas, cuadros, pinturas, perforación de orejas, anillos, tragos afrodisíacos, flechas, lanzas, “shakiras”, ojotas de cuero, polos con detalles étnicos y hasta dispensadores de agua artesanales, son algunos de los productos que se ofertan a los visitantes (previa demostración y uso). Una niña danza con una anaconda bebe para unos gringos en la parte superior del Boulevard.
El estacionamiento parece reventar de tantas motos, carros y motocarros. Un vendedor de gaseosa calma su sed tomando agua. Un cuidador de motos exige que le pague cincuenta céntimos por el cartón que puso sobre mi moto. “Ah, eres tú, la próxima me pagas pues”, son las palabras con las que me despide el insolente jovencito que conocí por casualidad en un evento en el hotel de enfrente (“Hotel Real Iquitos”). Miro perderse al Malecón Tarapacá en el horizonte. Las luces amarillas encerradas en burbujas de plástico, parecen darle un matiz pálido al Boulevard. A lo lejos veo a un gringo charlar con dos niñas. Más allá dice: “No Sex Child” o algo así. Arranco mi moto y bajo por la Napo primera cuadra dejando atrás el “viejo Boulevard”. Algún día volveré para reírme con los cómicos, algún día, ¿no sé cuando?
POST DATA: Hay carritos a batería para los niños, hay perros de felpa enormes para tomarse fotos, hay hamburguesas a dos soles a la vuelta del Boulevard y hasta manzanitas de caramelo. Es un sitio de lujo. Cuando vengas a Iquitos, no dejes de visitar el Boulevard. Hace poco se celebró el aniversario de Iquitos (5 de enero) al lado del Boulevard. Una remodelacion o un mejor mantenimiento no le vendrían mal señor alcalde (me refiero al Boulevard no al alcalde).
Post Data: Me olvide mencionar la larga cola de “fans” que las bailarinas de Explosión ostentan. Bailarinas capaces de desarmarte con – tan sólo – un “taparrabo” y un “tapabusto”. Increíble. Son mujeres que llevan en las venas el ritmo, la algarabía, la destreza, la habilidad y el encanto para moverse y bailar al ritmo de cualquier música. Bailarinas como Keyla (que dejaran un recuerdo imborrable en la mente “sana” de miles de hombres - entre los que me incluyo” – de esta ciudad), o de otras que ya nos dejaron, como Alice. Por eso dicen que Iquitos es el paraíso.

Cuantas botellas de cerveza se habrán consumido ese día (y eso que los ex alumnos no toman mucho, nadita). Esperamos con ansias el reencuentro del 2009. Hay muchos ex alumnos que ya partieron a un mejor lugar (al lado de Dios), y sabemos que ellos desde lo alto están pendientes de cada uno de nosotros. Queda demostrado que el colegio “San Agustín” es mucho más que un lugar de estudios; es una familia, una segunda casa, un albergue permanente de sabiduría. Gracias al padre Bernardo Paniagua, Silvino Treceño Ríos y el director Víctor Lozano Roldan, personajes que marcaron mi vida por su calidad de seres humanos y por sus enseñanzas sinceras y desinteresadas (no sólo la mía, sino la de mucha gente). Un saludo a todos los ex alumnos, aunque siempre nos vemos por las calles, nunca olvidamos de donde venimos.
Ah, me olvide mencionar que la Plaza 28 de Julio (si, la misma que sirve para que los políticos de ayer, hoy y siempre hagan escuchar su voz) va a ser remodelada dentro del proyecto de ampliación y mejoramiento de la Av. Mariscal Cáceres (sería injusto que de mal aspecto). Esta plaza es la más grande de Iquitos. Aquí se podría construir una laguna artificial para que la gente pasee en botecitos, o crear un trencito para que los niños den vueltas, crear áreas de lectura para los miles de fanáticos a este arte, construir un anfiteatro; es decir, se podría hacer tantas cosas que embellezcan - aun más – la antigua plaza. No solo pintarle de dos colores (de mal gusto siempre), o sembrar árboles de Asia, o cambiar los focos de los faros. Eso no es remodelar (¿o si?). Haber si a Shaluco se le prende el foco (por primera vez). 
